POESÍA - LUCIO ABERASTAIN PONTE - Ella
Ella --- "A la libertad, siempre esquiva"
Ella, algunas veces se viste
De ella y juega a no ser.
Otras ocasiones la encontré
varada en los espacios ajenos,
esos que se alquilan
a las generaciones que vendrán.
Ella, otras lunas
se atraviesa las pupilas de plata
y depende más de las estrellas
que de los destellos
que piensa.
Ella, un día viene ataviada
de coñac
con ese modito de aromas
y porque se le da la gana
se pierde
mientras se encuentra.
Ella se mantiene firme,
en esa firmeza trascendente
y se incauta
para perdurar;
y ella, que todo lo presiente,
le impide hacer nido a sus dudas.
Ella, más liviana
que el medallón que la cubre
estira su cuello
y resplandece
en medio de los sectarios
riachos que muelen los recuerdos.
Ella, que solicita ganas,
va camino de las dobles visiones
y se hace dueña de
todos los prismas,
y se monta sobre devenires
imposibles de sostener
con el sexo y la inteligencia.
Ella, en otras oportunidades,
alberga en su cotidiano
la tremebunda respetuosidad
de lo determinado.
Ella, escruta las paredes
y añeja los rincones
y refunde en su palma
ciertas odas cósmicas
y ahonda pesares que ya son de los siglos,
y así arrebata todo.
Ella, como ya dije
se adueña.
No entorpece
y se hace dueña.
Ella lleva todas las figuras
en la desnudez de su geografía
y hasta en los trenes
que ya no corren, triunfa.
Ella me alucina y me conmueve
y es mi dueña, también,
y me humaniza en segundos
y me disuelve
y me reconstruye.
Ella, otros días
se reposa y se hace fuente
y trina en mis oídos
un racimo de preguntas
y las dice construyendo
más que paredes de encierro
ventanas y puertas
para salir
a respirar los libres desamparos.
Ella y sus palabras
estiran las tardes
menos solitarias
y las misturas se interesan
en creaciones;
y ella requiere y ella se proyecta.
Ella hace pequeños actos:
demostraciones de su poder
que vendrán a legitimar
el reinado de la imaginación.
Y como el fin justifica el temor,
tiembla y se achica
y se desplaza solícita
en la parcela de oros
que se destina
a las gloriosas, a las más fervientes
ninfas de los viñedos,
protegiéndose de cualquier daño
devenido del fervor mundano.
Ella siempre vuelve,
arrimando su percepción,
para aclararme, acercando lo divino:
que la libertad,
siempre esquiva,
es mi propiedad
si yo así lo creo.
II
Me propongo hacer
la abstracción de mis pecados.
Ella me resume en su dedo
y la veo partir
y la dejo llegar
ya venga de coñac, de rosas
o de nubes.
La veo, a ella,
la veo y la conozco,
y no me queda ni llanto
ni pasión por las trágicas entretelas
del amor en desuso.
Me ocupo en saber de tragedias.
El horizonte es ella
y lleva su nombre con orgullo.
Me opongo, pero es inútil:
la jornada está decidida.
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Por: Lucio Pedro Aberastain Ponte + 2004 + LA PLATA
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